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Haga clic aqui liibookEste cartel junto a mi puerta es un testamento, un acto de desesperación. Es poner el mensaje en la botella y tirarla lo más lejos que permita nuestro brazo. Quiero, necesito conectarme con alguien. No ¡Más! Quiero verlo, olerlo, tocarlo. Quiero abrazar y que me abracen con amor o con amistad o, aunque sea, con alegría.

Quiero sopapear una espalda querida. Besar con  estruendo ese cachete fraterno o quizás, recibir esa pícara caricia. No se más cuál es mi mundo, ni qué o quiénes lo ocupan.

Puedo llegar a cualquier parte del planeta, más allá también. Tengo a mi alcance el conocimiento acumulado de cientos de generaciones y los buscadores necesarios como para aprovecharlo.

Estoy en línea junto otros miles de millones. Totalmente anónimo, no por falta de nombre, sino por la inmensidad de ese océano electrónico que nos contiene.

Me entero al instante de lo que sucede en mi ciudad o en cualquier ciudad de cualquier parte. El flujo de palabras, imágenes, sonidos y texto es escandaloso, se derrocha, fluye vertiginoso, inabarcable.

Supongo que el hombre es lo que es porque supo asociarse, de diferentes maneras, con miles de reglas distintas, con idiomas distintos. Tan diversas, fueron y son esas sociedades como peces hay en el mar. La red, no es más que otra expresión de ese gen asociativo. Sin embargo, siento que mi cerebro ha evolucionado solo hasta el nivel de tribu. Una ciudad mediana ya es mucho. Puedo reconocer y relacionar únicamente algunos cientos de personas. Fuera de esa pequeña esfera de mi cosmos social existen esos miles de millones que son “el otro”, esa inmensidad humana de extraños que por suerte o por naturaleza ignoro despreocupado.

Transito por la vida como seguido por un círculo de luz. A medida que avanzo, nuevos personajes son iluminados y a su vez otros se escabullen hacia la sombra del olvido. Al principio pareció llenarse pero, poco a poco, solo me va quedando el círculo ya casi vacío.

Con este cerebro primitivo me sumerjo prepotente en la red. Sigo participando siempre, con celulares y “la nube”. Sin darme cuenta, la poca gente que sí conozco, va siendo reemplazada por fotos, por avatares, por direcciones, por favoritos, por contactos. Ya ni siquiera necesito trasladarme; me pagan por la red, yo pago por ella. También compro y vendo. Toda mi esfera social de antes estaba referida a un huso horario. Con la red puedo cambiar completa esa esfera variando seis, ocho o diez horas mi horario. Sin haberme movido ni un paso, estaría “viviendo” en otra sociedad. Por supuesto hablo, veo y escribo con esos personajes electrónicos que alguna vez fueron parientes, amigos y conocidos. Pero ya dudo de sus identidades ¿Y yo? Puedo ser perfectamente un programa que, gracias a la red, ha tomado consciencia de sí mismo. O… puedo ser el cerebro conectado de alguien en coma tres y que no lo sabe.

Quizás sea mi memoria, pero no logro recordar cuándo estuve realmente con otra persona. Quiero vivir con gente, por eso este mensaje. Para cualquiera. Si ven el cartel con mi pedido por la calle, sepan que soy yo, los estoy esperando ansioso.

Gracias.

Perdón… cambié el cartel, en cuanto recarguen la página lo verán.

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TOQUE EL TIMBRE.

Carlos Caro

Paraná, 28 de agosto de 2013

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8 comments

  1. Si viviese cerca de usted, iría en silencio, sin decirle nada, y un abrazo enorme se escaparía de mí. Nada más. Ni un saludo, ni una despedida… nada. Solo un abrazo profundo e incondicional, lleno del cariño que solo puede dar un perfecto extraño. Y es que con las palabras que acaba de escribir, me entraron ganas de visitarle, y abrazarle. Pero no solo un día, sino todas las tardes que me fuese posible.
    Un abrazo enorme.
    Y nada más 😉

  2. Es mas lindo que mi cuento tu cariño. Justamente pienso que lo que perdemos es el contacto humano. Te propongo hacer lo que deseas, cualquier día de estos; abracemos profunda e incondicionalmente al que pensemos solo o desamparado. En ese extraño, a la vez hermano, estaré yo, estarás tú y quizás…, todos. Un beso

  3. Pues yo jamás he visto un avatar. He visto a Carlos, el hombre que ama, que expresa y busca, el que se quiere meter en la mente y el corazón de otros a través de los mensajes que esos otros, con los mismos deseos, lanzan al océano virtual metidos dentro de un botellín plano de plasma. Esa es la magia de nuestro mundo, personas que han puesto su inteligencia al servicio de la comunicación, y por eso, podemos recorrer años luz en un solo segundo y recibir un abrazo y darlo estando cada uno en un extremo distinto del planeta. Y lo bueno de todo es que siguen existiendo cines, cafeterías y parques, y están ahí, a la vuelta de la manzana. Vaya mi abrazo y espero que no te llegue muy mojado: hoy hace un día de perros en Bilbao.

    1. Lavanda, descubres mis ansias y anhelos. Es tan excitante enviar y recibir los ecos de los sentimientos, que se a tornado la razón de mi escribir. Comprobar a diario que nuestros corazones laten por casi los mismos motivos, me unen a la humanidad como nada antes. Un beso

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