Ruinas

Ruinas Detengo el auto en un claro entre los árboles. Al apearme y salir del medio ambiente civilizado me asaltan hermosos los sonidos del bosque. Mis ojos parecen nuevos ante la danza de gradientes verdes y rayos de sol que juguetean siguiendo el susurro del viento.

La naturaleza exuberante de vida lo ha avasallado casi todo. Sin embargo puedo distinguir todavía la herida del camino. Rememorando creo encontrar el otrora transitado sendero. Incrédulo comienzo a recorrerlo, sus límites me parecen fantasmales. Tropiezo con la misma piedra de entonces, es increíble no tengo dudas, pero la veo más chica.

Sigo…un carcomido e inútil poste de alambrado me confirma la dirección ¡El arroyo! Corro desde lejos al oír su corriente. No puedo evitarlo, me descalzo y perdiendo años en cada salto recorro una tras otra las lajas para cruzarlo.  Todas conservan aún mis pasos. Con los zapatos olvidados siento en mis pies el pasto y las hojas secas. También alguna piedra filosa que no lastima pues, si bien se hicieron cómodos, los callos siguen allí. Casi sin querer me topo con las viejas paredes. Desconcertado miro alrededor y no encuentro ni rastro de nuestro solar. Esas piedras apiladas con argamasa es lo único que se le resiste a la naturaleza.

Giro alrededor de la casa buscando los corrales, el cobertizo o la caseta del baño. Resignado, entro por fin por la abertura vacía de la puerta. Me golpea dejándome sin aliento la sensación del encuentro. Los huecos se tornan ventanas y el cielo se vuelve techo.

Esa montaña de herrumbre es una máquina del tiempo que se parece a una cocina a leña. Al instante vuelve el calor y el olor a pan. Mi boca se inunda con aquella nata gruesa sobre la tostada. Bebo inocente la leche recién ordeñada con su tibieza natural.

— ¡Vamos! ¡Vamos! Apurate— arremete la tía Rosa—No te hagas el dormido ¡Dale! Que vas a perder el carro de la leche.

—Pero tía, corriendo llego enseguida al camino

—Es problema suyo m´hijito. Si lo pierde, usted ya sabe que tiene que ir caminando hasta la escuela, ya sabe cuál es su obligación. Tenés que aprender a escribir y hacerte médico o abogado. Irte de estas soledades y sin una mirada atrás conquistar el mundo.

Con semejante futuro sobre mis hombros, salgo corriendo, pero me reprende — ¿No te olvidás de algo? — me mira con el ceño fruncido y las manos en jarra.

—Era una broma ¿Cómo me voy a olvidar? — le miento colorado dándole un enorme beso.

La luna aparece iluminando fría todas las ruinas. Quizás la presentía, ya que en el bosque oscurece antes.

Las paredes descascaradas se desploman sobre mi ánimo. Las enredaderas como látigos negros me castigan el corazón. Al fin, las lágrimas brotan difíciles. Me permiten deshacer los nudos que nuestro destino ató.

Tanto fue tu amor que solo más mayorcito advertí que no eras el papá o mamá de los otros. No hubo preguntas, solo tu desesperado empuje por mi próspero futuro. No dudaste pero nos costó esta separación eterna.

Converso con las estrellas para que me cuenten que fue de vos. Les pregunto inútilmente si afligida me recordabas. Me revuelco en mi dolor, odiándome o absolviéndome,  pero encontrando siempre el hueco que dejó tu vida en la mía.

Ya amanece. Dejé mi viejo título de abogado junto a tu tumba en el pueblo, tía Rosa, tanto lo soñaste. Será un testimonio efímero de mi niñez sencilla y feliz junto a vos, el resto… el resto finalmente no valió la pena y, si como dicen es mi final, que sea aquí, donde te siento. Me sacudo la nostalgia. El sol revienta los colores en mi mente y los pájaros me aturden infinitos. Riendo feliz ya sin rumbo, te busco ansioso, jugando en el bosque.

 

Carlos Caro

Paraná, 12 de septiembre de 2013

 

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8 comments

  1. Una maravilla que me ha despertado un montón de recuerdos. Tus ruinas eran también las de la granja de mis abuelos en Jaén. Son memorias inolvidables. Un abrazo: Sol.

  2. Hola de nuevo, Carlos

    Qué recuerdos trae tu relato. El camino de los badenes, el lago de la cantera, la vieja cantina del abuelo, coger la fruta directamente de los árboles… todo el día descalzos, desharrapados y sucios, un lujo de vida. Mi madre todavía habla con añoranza del frescor del caz en las comidas de los domingos.

    Abrazos

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