No me creen

No me creen liibook  Sol, Sol y más Sol, así con la S grande. Compañero que espanta a las tinieblas, tibio, los colores le pertenecen. Las flores lo reciben abriendo sus pétalos y yo mi alma. Todo el paisaje reverdece. Las aves tan extrañadas ya lo advierten y parten en su búsqueda al cielo. Los ojos no me alcanzan ante tanta maravilla. Voy girando lentamente, no quiero perderme nada. Son tan escasas estas ocasiones.

Me parece renacer de esa llanura de nieve blanca, entumecedoramente fría y que aplasta con su cielo plomizo. Ya no soy General de nada, el caos impera más que yo. Los hombres y animales van cayendo agotados, hambrientos, helados.

Vamos dejando a nuestro paso un rastro de cadáveres que se cubrirán con el sudario blanco, no lo suficiente sin embargo, como para mantenerlos a salvo de los lobos. El ansia de vivir acalla nuestra conciencia y con un encogerse de hombros seguimos adelante, mientras se derrumban los amigos, los compañeros, los parientes.

Estamos inermes, nuestro enemigo nos ataca como guerrillas y juega con nosotros. Sus francotiradores nos acicatean en nuestra huida matándonos sin ton ni son. Todos esperamos con un cosquilleo en la espalda esa bala emancipadora que nos despene y mientras tanto seguimos increíblemente hacia adelante. Esa última batalla junto al río ha sido el infierno sobre la tierra. Nos transformamos en bestias pisoteándonos desesperados entre nosotros. Aplastamos a cualquiera con tal de llegar a ese puente salvador y, cuando impunes al fin lo recorríamos, nos cañonearon. Muchos volaron despedazados por los aires y así, aún los más aptos, se ahogaron en esas aguas heladas. Todos nuestros aliados se han unido al enemigo. El ánimo es tan bajo que solo el núcleo de nuestro orgullo nos impulsa ¡Basta! no puedo quedarme aquí. Conmigo morirían los principios de la revolución; ellos cambiarán al mundo, harán distinto el futuro mucho más allá de mí. Debo sobrevivir por lo menos hasta dejar a mi pueblo protegido.

Ordeno que recorran la columna dos kilómetros en ambos sentidos y me traigan los caballos que encuentren en mejores condiciones. Los ato al carruaje y con los más fieles lanceros de mi guardia parto enajenado. Lágrimas de furia e impotencia surcan mi cara demacrada mientras los hombres alrededor vitorean a mi paso. Tantas campañas hemos compartido hombro a hombro, que saben que no huyo, que no es que los abandono. Que si fuera sólo por mí, seguiría helándome con ellos. Ya decidido me obsesiono, viajamos de día y de noche. Solo nos detenemos por agua y comida. Cambiamos lanceros y caballos a medida que se van agotando. Debo llegar a la capital urgente. A este ritmo enloquecido el carruaje me maltrata con sus bandazos y hace días que no duermo. Viajamos tan rápido que he perdido toda línea de comunicación. Los mensajeros sencillamente no me encuentran. Atravieso los caminos y las ciudades de incógnito, entre nubes de polvo o estruendo de adoquines. Sigo de largo… y sigo…

Una noche, sorprendido llego a mi destino: Fontainebleau, a solo un paso de Paris. Aparto a los lacayos, me derrumbo exhausto en una cama y me duermo de inmediato.

Sol, sol, corro a los jardines. Una sonrisa agrieta en mil pedazos mi cara encallecida; giro y hago piruetas ¡Pucha! Exageré, qué lástima, estaba tan lindo el sol…

—Tranquilo Napo… — Me indica sonriente aunque alerta, uno de los dos enfermeros que se me acercan —Me parece que ya fue mucho el sol, mejor vamos y le preguntamos al doctor ¿Querés?

Acostumbrado le indico que sí con la cabeza y nos sumergimos en la oscura realidad del manicomio.

Carlos Caro

Paraná, 28 de julio de 2013

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10 comments

  1. Confieso que me lo creí. Estoy en plena lectura de El caballero inexistente y veía armaduras brillando por todas partes. Qué caída, Carlos, cuando tu última frase me reveló que solo eran bacinillas de acero inoxidable. Hoy más que nunca me he identificado con aquel de la triste figura, con un pie dentro y otro fuera de una realidad imaginaria, pero sin saber cuál está dónde. Tus descripciones me encantan, sin embargo algunas preposiciones me descolocan. Imagino que los giros, de nadar tantos quilómetros se configuran distintos. Un gusto leerte, pero me prometo una relectura para seguir buscándote. Besos.

  2. Que bella forma de transmitirme lo que sentiste con la lectura. Tu sincronía con el meta-mensaje (principal propósito del cuento) de cuestionar lo que llamamos realidad, me sorprende. En general, no lo perciben hasta dos o tres relecturas después. Si cumples tu promesa, veras que sutiles cambios de punto de vista, te darán otra versión distinta. En cuanto a mi “dialecto”, no te imaginas la esquizofrenia de mi habla. En las redes literarias usamos el “español neutro” a manera de lengua franca, sin embargo, mientras siga inedito. Mi público, mis pasiones, sentimientos y paisajes responden a mi país. Por ende, ellos deben hacer suyos mis cuentos en mi lengua.

  3. Y esa es una de las cosas que nos enriquecen, Carlos. Imagínate si para juntarnos tuviéramos que vestirnos todos del mismo color. No, no y nooooo. El colorido es lo que hace las armonías y los contrastes y nosotros no somos más que pintores que pintamos con la palabra. Cuanto más rica la paleta, mas maravillosos los cuadros. Te releo, y no por cumplir una promesa o por obligación sino por regalarme otro momento de placer. Besos.

  4. Al final, Carlos siempre nos quedará la misma duda que a Calderón y por mucho que reflexionemos no sabremos si en verdad somos un sueño que sueña alguien que duerme o el mismo durmiente mientras sueña. ¡Qué lío!, te juro que en mi cabeza funcionaba.
    Mil besos.

  5. De relato histórico a alucinada (con mucho sol). Me gusta eso del Sol. Que a veces nos da la luz y otras nos deslumbra. Al margen, me pregunto: ¿pero algún loco creyó que era Napoleón?

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