Autor: Carlos Caro

Vivo en Paraná, provincia de Entre Ríos en la República Argentina. Satisfecho Ingeniero Químico y hombre de negocios de diversa suerte. Hoy ya jubilado, desfachatado, intento narrar cuentos y transmitir mediante ellos lo que nunca podría “hablar”. Solo puedo esgrimir como antecedente el haber leído todo cuanto cayó en mis manos, he sido un roedor infatigable de librerías. Desde los clásicos hasta los prospectos completos de los remedios, práctica ya un poco abandonada por falta de las dioptrías necesarias. Nunca me hubiera atrevido sin el estímulo y las críticas de profesionales: mi esposa y su compañera de estudios. Todos nos conocimos hace cuarenta años cuando ellas estudiaban el Profesorado Universitario de Lengua y Literatura. Inquieto, me asombro de esta predestinación. Debo también mencionar en mi haber, el estilete afilado que es la mente de mi hija quien me sigue letra a letra y me alerta cuando no escribo lo que quería escribir.

Cuentos apurados, antología

Cuentos apurados MGE

 

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Como su nombre lo indica, los cuentos fueron escritos entre julio y octubre y publicados en este mismo Blog hasta noviembre del 2013.

Pese a mi edad, apenas avanzada, he olvidado el papel y me encuentro a mis anchas en los formatos digitales. En este mundo, donde la mayor parte de los textos que se leen son mensajes de texto, tweets o reportes, donde las emociones son reflejadas por emoticones, cualquier cuento que se lea en línea no debe superar las dos mil palabras o… quinientas menos quizás.

Todos conocen al Microrrelato de hasta trescientas palabras y el cuento “clásico” que arranca desde las cinco a las cuarenta y seis carillas. Pues bien, yo elijo moverme en ese difuso margen indefinido que queda en medio. Coloco tanta carga de emoción, vivencias, sentimientos y anhelos, comprimo tanto las palabras para que solo queden las imprescindibles que el resultado es un palimpsesto sólido y semitransparente tan lleno de capas de significados conscientes e inconscientes que se irán develando, aun para mí, a través de las relecturas.

Por eso estoy hoy aquí. Pueden leer y descargar aquí cada cuento -no creo haya publicidad más honesta-, sin embargo, necesito que los descarguen juntos en “Cuentos apurados”. Necesito que los relean tranquilos, off line y que luego cuando les sobre un momento, comentándome aquí o a mi e-mail, me enseñen qué descubrieron. Ni imaginan todo lo que digo sin saber que lo digo.

El link de descarga les deja un archivo comprimido que se auto descomprime, tal como instruye el título. En la carpeta resultante encontrarán los dos formatos digitales más usados y un PDF.

Mi e- mail: caroflia@yahoo.com.ar

Un gran abrazo

Carlos Caro

Paraná, 14 de enero de 2014

 

No me creen

No me creen liibook  Sol, Sol y más Sol, así con la S grande. Compañero que espanta a las tinieblas, tibio, los colores le pertenecen. Las flores lo reciben abriendo sus pétalos y yo mi alma. Todo el paisaje reverdece. Las aves tan extrañadas ya lo advierten y parten en su búsqueda al cielo. Los ojos no me alcanzan ante tanta maravilla. Voy girando lentamente, no quiero perderme nada. Son tan escasas estas ocasiones.

Me parece renacer de esa llanura de nieve blanca, entumecedoramente fría y que aplasta con su cielo plomizo. Ya no soy General de nada, el caos impera más que yo. Los hombres y animales van cayendo agotados, hambrientos, helados.

Vamos dejando a nuestro paso un rastro de cadáveres que se cubrirán con el sudario blanco, no lo suficiente sin embargo, como para mantenerlos a salvo de los lobos. El ansia de vivir acalla nuestra conciencia y con un encogerse de hombros seguimos adelante, mientras se derrumban los amigos, los compañeros, los parientes.

Estamos inermes, nuestro enemigo nos ataca como guerrillas y juega con nosotros. Sus francotiradores nos acicatean en nuestra huida matándonos sin ton ni son. Todos esperamos con un cosquilleo en la espalda esa bala emancipadora que nos despene y mientras tanto seguimos increíblemente hacia adelante. Esa última batalla junto al río ha sido el infierno sobre la tierra. Nos transformamos en bestias pisoteándonos desesperados entre nosotros. Aplastamos a cualquiera con tal de llegar a ese puente salvador y, cuando impunes al fin lo recorríamos, nos cañonearon. Muchos volaron despedazados por los aires y así, aún los más aptos, se ahogaron en esas aguas heladas. Todos nuestros aliados se han unido al enemigo. El ánimo es tan bajo que solo el núcleo de nuestro orgullo nos impulsa ¡Basta! no puedo quedarme aquí. Conmigo morirían los principios de la revolución; ellos cambiarán al mundo, harán distinto el futuro mucho más allá de mí. Debo sobrevivir por lo menos hasta dejar a mi pueblo protegido.

Ordeno que recorran la columna dos kilómetros en ambos sentidos y me traigan los caballos que encuentren en mejores condiciones. Los ato al carruaje y con los más fieles lanceros de mi guardia parto enajenado. Lágrimas de furia e impotencia surcan mi cara demacrada mientras los hombres alrededor vitorean a mi paso. Tantas campañas hemos compartido hombro a hombro, que saben que no huyo, que no es que los abandono. Que si fuera sólo por mí, seguiría helándome con ellos. Ya decidido me obsesiono, viajamos de día y de noche. Solo nos detenemos por agua y comida. Cambiamos lanceros y caballos a medida que se van agotando. Debo llegar a la capital urgente. A este ritmo enloquecido el carruaje me maltrata con sus bandazos y hace días que no duermo. Viajamos tan rápido que he perdido toda línea de comunicación. Los mensajeros sencillamente no me encuentran. Atravieso los caminos y las ciudades de incógnito, entre nubes de polvo o estruendo de adoquines. Sigo de largo… y sigo…

Una noche, sorprendido llego a mi destino: Fontainebleau, a solo un paso de Paris. Aparto a los lacayos, me derrumbo exhausto en una cama y me duermo de inmediato.

Sol, sol, corro a los jardines. Una sonrisa agrieta en mil pedazos mi cara encallecida; giro y hago piruetas ¡Pucha! Exageré, qué lástima, estaba tan lindo el sol…

—Tranquilo Napo… — Me indica sonriente aunque alerta, uno de los dos enfermeros que se me acercan —Me parece que ya fue mucho el sol, mejor vamos y le preguntamos al doctor ¿Querés?

Acostumbrado le indico que sí con la cabeza y nos sumergimos en la oscura realidad del manicomio.

Carlos Caro

Paraná, 28 de julio de 2013

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Búsqueda sin fin

Busqueda sin fin liibookComienza el piano…, dudás un instante y ya está. Somos danza de tango. La razón se opaca y nuestros cuerpos obedecen como títeres a esa música melancólica y rotunda. Mientras los corazones se expanden contentos, nuestro universo entero se estrecha a la parte iluminada del salón de baile. Ese parqué maravilloso va marcando nuestros pasos, la noble madera encerada con memoria de décadas los guarda todos.

Te volvés arcilla en mis manos. Te vas amoldando a mis movimientos, captás las sutiles indicaciones de mi mano en tu espalda; me presentís, dejás de pensar y te entregás ya inconsciente al baile. Por fin somos uno danzando y te vuelvo a encontrar. Como otras veces, me empeño en creer que también somos uno en la vida.

En ese lugar iluminado con emoción y rodeado por la oscuridad, el bandoneón nos guía todopoderoso, con la derecha nos frasea los “firuletes” y con la izquierda mantiene rumboso la melodía. Hemos practicado tanto la coreografía que entregamos hasta nuestros sentimientos a los vaivenes de una canción que rueda en nuestras mentes, mientras la orquesta única nos acompaña. El ardor lo acorta todo, congelamos la última figura con fuerza y altivez esperando el acorde final.

Beso tu mano y la levanto orgulloso. Tus ojos aun velados de pasión no me ven, al instante regresás y cautivadora sonreís. Mientras te obligo a saludar al público, te volvés radiante. No logro distinguir qué luz ha iluminado el recinto, si la tuya o la de las mil bombillas de las espléndidas arañas. Por fin, apresurados y elegantes, regresamos a nuestros lugares cediéndole la pista a la siguiente pareja.

Ganamos otra vez. El segundo premio. En menos de cinco meses te has convertido en una magnífica bailarina. Estás exultante y salimos a festejar emborrachados de triunfo. Ha sido una locura en la cual me sumergí ahogado por tu falta. Hemos terminado, arrojados por la marea de la noche, en el cuarto de tu hotel amándonos apasionadamente.

Volvés a ser “mi Malena”, la que “baila” el tango como ninguna. Mi corazón te reconoce entusiasmado y mi mente te rescata desde el infierno de tu olvido.

Ahora, todavía ansiando la noche, cerca del mediodía, te hago llamar y espero en la recepción para invitarte a almorzar.

Cierro los ojos y rememoro tu repetida llegada. Has visitado con ojos de aprendiz, sin dudas, el salón de baile y don Antonio te indicó volver después de las nueve de la noche. Siempre me adulas como maestro de baile, con recomendaciones que ya son del mundo entero. Pactamos tu entrenamiento y mi caché. Pero ya no me importa, solo quiero recuperarte.

No tengo piedad, incluso te maltrato. Te hago practicar diez u once horas por día, hago oídos sordos a tus quejas. Empecinado, no veo el momento de transformarte. Te indico los artesanos que deben calzarte y que te “empilches” elegante pero “canyengue”, más puta. Y así, un día…

Una puerta al cerrarse me sobresalta, la recepcionista se acerca con un sobre en la mano. Eso, ya lo sé, marca el adiós. Adelantándome a mi destino inacabado, le hago señas de que calle lo que tenía por decir. Tomo el sobre, me guardo el cheque del último pago y tiro al cesto, sin leer, tu nota.

Es una más de las mil variantes de tus acostumbradas despedidas. Con gratitud, vergüenza, pesar y prometiendo, mentirosa, recuerdo eterno. Me hace daño, tanto…. Con cada partida se va uno de los últimos gajos de mi corazón.

Esta noche, solo, en la milonga dejaré que los tangos más tristes me acompañen con pena de bandoneón a encerrarte por última vez en el olvido.

 

Carlos Caro

Paraná, 24 de agosto/ 22 de noviembre de 2013

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Ruinas

Ruinas Detengo el auto en un claro entre los árboles. Al apearme y salir del medio ambiente civilizado me asaltan hermosos los sonidos del bosque. Mis ojos parecen nuevos ante la danza de gradientes verdes y rayos de sol que juguetean siguiendo el susurro del viento.

La naturaleza exuberante de vida lo ha avasallado casi todo. Sin embargo puedo distinguir todavía la herida del camino. Rememorando creo encontrar el otrora transitado sendero. Incrédulo comienzo a recorrerlo, sus límites me parecen fantasmales. Tropiezo con la misma piedra de entonces, es increíble no tengo dudas, pero la veo más chica.

Sigo…un carcomido e inútil poste de alambrado me confirma la dirección ¡El arroyo! Corro desde lejos al oír su corriente. No puedo evitarlo, me descalzo y perdiendo años en cada salto recorro una tras otra las lajas para cruzarlo.  Todas conservan aún mis pasos. Con los zapatos olvidados siento en mis pies el pasto y las hojas secas. También alguna piedra filosa que no lastima pues, si bien se hicieron cómodos, los callos siguen allí. Casi sin querer me topo con las viejas paredes. Desconcertado miro alrededor y no encuentro ni rastro de nuestro solar. Esas piedras apiladas con argamasa es lo único que se le resiste a la naturaleza.

Giro alrededor de la casa buscando los corrales, el cobertizo o la caseta del baño. Resignado, entro por fin por la abertura vacía de la puerta. Me golpea dejándome sin aliento la sensación del encuentro. Los huecos se tornan ventanas y el cielo se vuelve techo.

Esa montaña de herrumbre es una máquina del tiempo que se parece a una cocina a leña. Al instante vuelve el calor y el olor a pan. Mi boca se inunda con aquella nata gruesa sobre la tostada. Bebo inocente la leche recién ordeñada con su tibieza natural.

— ¡Vamos! ¡Vamos! Apurate— arremete la tía Rosa—No te hagas el dormido ¡Dale! Que vas a perder el carro de la leche.

—Pero tía, corriendo llego enseguida al camino

—Es problema suyo m´hijito. Si lo pierde, usted ya sabe que tiene que ir caminando hasta la escuela, ya sabe cuál es su obligación. Tenés que aprender a escribir y hacerte médico o abogado. Irte de estas soledades y sin una mirada atrás conquistar el mundo.

Con semejante futuro sobre mis hombros, salgo corriendo, pero me reprende — ¿No te olvidás de algo? — me mira con el ceño fruncido y las manos en jarra.

—Era una broma ¿Cómo me voy a olvidar? — le miento colorado dándole un enorme beso.

La luna aparece iluminando fría todas las ruinas. Quizás la presentía, ya que en el bosque oscurece antes.

Las paredes descascaradas se desploman sobre mi ánimo. Las enredaderas como látigos negros me castigan el corazón. Al fin, las lágrimas brotan difíciles. Me permiten deshacer los nudos que nuestro destino ató.

Tanto fue tu amor que solo más mayorcito advertí que no eras el papá o mamá de los otros. No hubo preguntas, solo tu desesperado empuje por mi próspero futuro. No dudaste pero nos costó esta separación eterna.

Converso con las estrellas para que me cuenten que fue de vos. Les pregunto inútilmente si afligida me recordabas. Me revuelco en mi dolor, odiándome o absolviéndome,  pero encontrando siempre el hueco que dejó tu vida en la mía.

Ya amanece. Dejé mi viejo título de abogado junto a tu tumba en el pueblo, tía Rosa, tanto lo soñaste. Será un testimonio efímero de mi niñez sencilla y feliz junto a vos, el resto… el resto finalmente no valió la pena y, si como dicen es mi final, que sea aquí, donde te siento. Me sacudo la nostalgia. El sol revienta los colores en mi mente y los pájaros me aturden infinitos. Riendo feliz ya sin rumbo, te busco ansioso, jugando en el bosque.

 

Carlos Caro

Paraná, 12 de septiembre de 2013

 

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¡Black!

Black¡Auuu! Qué dolor de cabezaaa… Es tan agudo que no lo soporto, jadeo, aúllo y encajo los dientes. Con los ojos desesperadamente cerrados, veo parpadeantes telones de colores rojos oscuros o morados y él, sobre ellos, forma chispazos destellantes. Ya al borde de la locura sin embargo, se va amansando, se va estrechando a algo aguantable.

Inspiro profundamente y comienzo a jadear más lento; cuando llega a un definido palpitar sobre mi ceja derecha abro los ojos ¡Es igual! La oscuridad es total, da lo mismo abrirlos o cerrarlos ¡No veo ni una rendija!

Sin moverme detecto un tufo malsano: de mugre, de sudores animales, de orines y excrementos ¡Miedo! Huelo el miedo que ha impregnado este lugar y yo mismo ya lo siento. El silencio es tan profundo que me aísla más aún ¿Me pareció? Creo oír algo, dejo de respirar y presto atención ¡Ahí está! Parecen ladridos tremendamente lejanos que de algún modo extraño me reconfortan.

¿Dónde estoy? Muevo un poco el cuerpo y me apoyo en una pared de ladrillos, amontonados desprolijos y tan ásperos como una lija. El piso se me hace de tierra enseguida. En  cuanto levanto polvo, lo aspiro y lo mastico chirriando entre las muelas. El tambor que me lastima la cabeza aminora su ritmo y me muevo bamboleante, siguiendo las paredes para dimensionar mi encierro. Creo encontrar algunos ángulos, pero son pocos, no detecto ninguna abertura. Es, por fin, un pozo sin salidas con un techo que en esta oscuridad es solo imaginado.

Pasan horas o días, o quizás solo minutos. Tengo hambre, los retorcijones de mi estómago compiten en mi martirio con el Tam, Tam de mi sien. Pero lo peor es la sed…, me obnubila y enloquezco de ansiedad. Se me ha hinchado la lengua y me cuelga de la boca jadeante.

Lo he recordado todo. Me deben haber seguido. Yo iba tranquilo andando por la vereda durante un día soleado, me detenía aquí o allí, distraído. De repente un camioncito se detuvo a mi lado, uno se me vino por el frente, el otro salió por la puerta trasera y me cortó el escape por detrás. Sin intercambiar palabras, me echaron un lazo al cuello y me empujaban dentro del vehículo. Como daba quejidos por mi tráquea apretada y me retorcía en un ataque de pánico, me han desmayado de un golpe en la cabeza. No entiendo…, me conocen desde hace años. Vago por ahí sin molestar a nadie, creo que incluso soy bastante apreciado en el barrio. Me saludan, intercambian chistes, hasta me convidan con alguna cosita dos por tres.

Pego un salto, asustado, cuando me sorprenden ruidos metálicos atronadores; no tengo a donde huir. Aterrado los siento venir desde ese techo negro, espeso e infinito ¡Luz! A raudales, me ciega y me petrifica. Mis ojos ya vencidos ni la recuerdan. Aprovechan, con un palo me enlazan del cuello y comienzan a levantarme colgando. Ya no tengo fuerzas ni para debatirme. Parece que tardo horas en llegar arriba; solo me muevo por algún espasmo reflejo. Me arrojan, exangüe, sobre una mesa metálica y allí, una bella joven vestida de blanco, con tono amable y cariñoso, me dice sin que la entienda: Quedate tranquilo Samuel, ya no vas a tener que sufrir nunca más esa vida de perro. Me pincha con algo y al rato de mirarla esperanzadoramente en paz, advierto, traicionado por ese cariño altivo y superior, que mi corazón se va deteniendo, me doy cuenta de mi injusto fin y, mientras se desvanece, entre las cenizas de los hornos, caigo otra vez hacia la oscuridad e intento transmitir: ¡Nooo!

 

Carlos Caro

Paraná, 26 de julio de 2013

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Margarita

margarita liibook1Voy sopapeando las suelas de mis zapatos, inclinado hacia  atrás para no caer en la bajada. Es la más brusca del parque. Mientras, charlo con mi sombra que ansiosa se alarga, se adelanta y fisgonea la vereda y los matorrales del borde. Una fresca brisa con sus aromas me avisa que la primavera ya casi llega. La siento llena de promesas y de vida. Alborotada, cambiante. A veces algo frenética. La disfruto con el mejor de los ánimos pero cada año me deja un poco más cansado. Mi cuerpo queda exhausto ante su aliento vibrante y mi mente no encuentra donde poner tantos nuevos colores, tanto sentido atiborrado.

Quizás por eso prefiero el otoño sin viento. Es más reposado, más lánguido. Es un irse tranquilo, sin sobresaltos y las sensaciones son igual de profundas. Cruzo una mata de margaritas, corto tres, culpable y a escondidas.

Logrado mi propósito, empiezo el retorno. Elijo otro camino pues si bien es más largo, su suave pendiente es un atractivo que no dejaré pasar. Al cruzar veo entre los árboles la enorme entrada del caño pluvial. Está en el centro de un embudo natural que forman las barrancas. Extrañado, siento su presencia y un escalofrío me recorre la espina. Pasa por debajo de la calle y hasta de la misma costanera, desagua a la vera del río evitando así que cada lluvia se lleve todo.

Ya encaminado, encuentro con sorpresa las flores en mi mano. Las miro de cerca y las veo, soñando, con el tallo detrás de tu oreja. Me vuelvo a reír de tu tonada cordobesa, tan extraña y fascinante en este lugar antaño aún enjaulado por el río. Recuerdo como si fuera hoy tu ¡Presente! al tomar lista la maestra. Terminaste sacándonos la lengua a todos los que te mirábamos al unísono por nueva. Al poco tiempo, mientras la parte femenina del grado te odiaba, creo que empecé a… anhelarte, buscarte. No sé, fue el comienzo. Vos estabas a la defensiva y me herías bravucona sin verme.

Yo hacía chistes que ni siquiera te provocaban una media sonrisa; morisquetas y piruetas tampoco ayudaban. Tu defensa sin fin y lances caballerescos que se dirimían a la salida de la escuela no importaban; nada traslucías. Yo penaba sin haber conocido la pena. Mis notas cayeron en picada y mis padres desconcertados, un día me creían afiebrado y otros francamente lelo.

Durante ese tormento, aquella vez, vi brillar  la malicia en tus ojos. Querías realizar conmigo, tu esclavo, el rito iniciático de los futuros hombres de nuestra escuela. Siento aún la culpa de aquel sacrilegio inconfesado. No quería ir, qué susto, qué miedo atroz tenía. Debí hacerme hombre antes, para no demostrarlo, para protegerte. Con la esperanza quizás de conquistarte con mi gallardía, sin tener ni siquiera esas palabras para ayudarme.

Esa boca negra nos tragó inexorable y los primeros pasos en la ceguera absoluta del encandilamiento unieron férreas  nuestras manos. Mientras los ojos se acostumbraban, descubrimos las columnas de luz que producía el sol a través de las alcantarillas de la calle. Transitamos ese tártaro como en un sueño, respirando en una y luego en la siguiente. El conducto diabólico era perfectamente circular y liso, no tenía ni tierra. Su esterilidad asombrosa nos pareció alienígena.

Siento un temblor. Me aterro al pensar que es el latir furioso de mi corazón y podrías oírlo. Un instante después comprendo aliviado, al tocar la pared, que solo es un vehículo que pasó por arriba. Al fin vemos la isla redonda y el trecho que falta. Nos sentamos muy juntos en la salida compartiendo una cómplice  sonrisa de triunfo.

El sol volvió a jugar con tu pelo que en parte se hace translucido. Incrédulo veo, siento que te reís conmigo. No de mí, conmigo. Nos agarramos de la mano y ayudándonos caminamos por la costa hasta la escalera y el mundo. Dejo atrás el último escalón y me limpio en el felpudo mientras toco el timbre.

— ¡Abuelo! — exclama Margarita colgándose de mi cuello, está tan grande que me cuesta levantarla.

Ve las flores y me pregunta: — ¿Son para la abuela?

— Ajá.

— ¿Te acordaste de más cosas hoy?

—Sí, andá, avisale a mamá que llegué y cambiale las flores al retrato; si te portás bien, esta noche te cuento. Mientras sale corriendo, me abandona la sonrisa y se me pierde la vista en el horizonte de la ventana.

Ay, Margarita…

 

Carlos Caro

Paraná, 02 de Octubre de 2013

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Carne moribunda

 

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La luz vacilante de mi última vela te hace ver misteriosa. Tu foto enmarcada entre flores marchitas toma volumen y tus ojos con una chispa de luz me vuelven a ver con pasión. Tu recuerdo es lo único que me reconforta en esta casa oscura y vacía. Lejos, arrumbado en el más distante rincón de mi mente, encuentro rastros de nuestros días felices. Encuentro el sol radiante sobre tu primera playa de mar, sin saber nadar, asustada hasta los dientes, no pude convencerte de adentrarte  más allá de tus rodillas. Oigo tus gritos casi infantiles mientras te salpicaba con saña y tu fingido enojo que mitigué con besos y caricias.

Se me escapa una sonrisa cuando veo tu rostro ansioso, con los ojos grandes por la sorpresa y una pizca de sospecha, mientras te mostraba sin serlo, con orgullo de dueño, esta casa. Cuánto me hiciste sufrir mientras la recorrías, creo que te divertías conmigo, hasta que finalmente con un cálido beso asentiste a transformarla en  nuestro hogar. Tanto era nuestro apego, que me  acompañabas contenta toda las mañanas hasta la puerta de mi trabajo. Más de un reto me ligué  por estar distraído imaginando tu regreso. Y al salir, ahí estaba tu sonrisa. Las caminatas de vuelta, tan tranquilas, tan conversadas de las novedades del día. Pese a mis protestas cargábamos por turnos el portafolio  y nos acariciábamos con la vista, con el tono de voz, con mi brazo sobre tu hombro o el tuyo  alrededor de mi cintura. He removido demasiado, las sombras vuelven a crecer y nos alcanzan.

Quería irme recordando nuestra  felicidad pero el hilo de mis pensamientos va recreando en lágrimas nuestro fin. La palidez de tu rostro demudado, mi incredulidad sin límites cuando el médico nos confirmó inapelable que tenías SIDA. Cómo se fue  desgajando nuestra intimidad con ese  mentiroso optimismo de sonrisas huecas. Cómo se fue haciendo desesperación cada momento compartido. Cómo el futuro, antes tan lejano, se nos acercaba impiadoso. Pudieron ser años, pero al fin creo que la misericordia trajo este invierno tan frío y con él tu pulmonía.

Ese fue el disparador de tu mal. Sin saber, ya lo sabíamos; ni lágrimas derramamos, nos dedicamos a amanecer juntos cada día siguiente.

Te traje a casa, abandoné el trabajo y entusiasta te demostré que era más feliz cuidándote. Solo hubo cariño durante esos meses. Nos fuimos consumiendo, vos en la carne y yo en mi mente. Cuando se terminó el dinero, excepto lo de este cuarto, empecé a vender todo lo que teníamos. En silencio, de  noche, cuando dormías. No pagué nada más, ni el agua, ni el gas, ni el alquiler. Solo mantuve la luz hasta que te fuiste. He llegado a hoy gracias al vecino que cada tanto me deja llenar el tanque de agua con una manguera.

Ya está por amanecer, por costumbre apago la vela, estos tiempos de estrechez han hecho de mí un avaro. La luz macilenta y gris que atraviesa la ventana te devuelve ceniza.

Veo mis manos desmayadas sobre la mesa, abro el cajón y saco la pistola reglamentaria de papá. Un oscuro presentimiento me la hizo conservar. Cuando la apoyo me transmite un ramalazo de ira; más tarde en la mañana vendrá el empleado judicial con la policía para desalojarme.

¡No permitiré que me echen como a un perro! Debo partir. En un instante estaremos juntos de nuevo. Determinado, pongo tu retrato boca abajo, no quiero que veas mi cara; tomo con fuerza la pistola pronta y…

Me condeno. No puedo. Dejo, abandono todo. Hasta la puerta abierta. Y solo soy carne moribunda que camina ya sin corazón.

 

Carlos Caro

Paraná 13 de agosto de 2013

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