La espera

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Decido limpiar el ventanal, está turbio y frío por el invierno que termina. Empiezo por lo alto, vuelvo a aprender en mis recuerdos las enseñanzas de mi tío quien muy seriamente me explicaba de infante, trajinando con un trapo empapado, que a los autos se los lava comenzando por el techo, por arriba. De modo de no volver a ensuciar lo hecho. Dado que mi estatura no superaba las ruedas, tal regalo de sabiduría práctica generó inesperadas ideas en mi cerebro y advertí de pronto un infinito mundo de techos ignorados. Intento ser prolijo y limpiar paño por paño. Sin embargo al bajar un poco, ese sol temprano, rasante, con precisión germana retrata su fulgor y me ciega.

Molesto, vuelvo a subir y cambió mi estrategia. Limpiaré a todo lo alto e iré descendiendo a medida que el sol también lo haga, devolviéndole así sus dominios a mis ojos. El polvo se ha pegado a los vidrios, al limpiar lo rompo y cae en láminas que brillan hermosas hasta perderse nuevamente en la oscuridad del piso. Ya puedo ver las copas de los árboles que se mecen apenas con una brisa presentida. Algunos florecidos muestran orgullosos sus colores. La envidia del resto los impulsa a un torneo de verdes tan maravilloso que mi alma agradecida no se atreve a premiar.

Más abajo ya puedo ver los retoños, los arbustos prometen sus flores con mil pimpollos, los jazmines naturales son enormes presencias blancas y  celestes. Las Santa Ritas totalmente libres y desprolijas se trepan a lo que pueden y furiosas de espinas lo anuncian con rojos y violetas.

Ya casi termino. Me reconforta ese claro de pasto suave y parejo, salpicado con matas de gladiolos, de margaritas, de azucenas, hasta reconozco algún jazmín del Cabo.

Tan absorto me mantenía la flora que con un respingo advierto la fauna.  Los pájaros con su incesante movimiento parecen multiplicarse, son tan variados que me confunden.  Tratando de poner orden, mi mente los clasifica por el lugar. Están los que revolotean entre los árboles, los que lo hacen entre los arbustos y finalmente los que picotean entre el pasto. Es inútil, al instante vuelven a moverse y se mezclan de nuevo.

Debe haber agua cerca, veo los pequeños brillos afanosos de las abejas, la danza encantada de las mariposas y el enojado zumbar de los aguaciles. Finalmente, la angustia del silencio que me impone ese cristal me devuelve melancólico.

Miro alrededor y me apena el polvo que ahora lo cubre todo. Me acomodo paciente esperando a mi nieta, hoy le toca. Al rato la oigo con estruendo de metales abrir la reja de la entrada. La veo tan pequeña, con escobillón y plumero. La vida la ha ido encorvando, son tantos los años que nos cuida y mantiene limpio el lugar. Sabiendo que demorará por lo menos una hora, aprovecho la reja abierta y en puntas de pie salgo a dar una vuelta.

El día está gris y nublado. Ya fuera del panteón familiar recorro la necrópolis a mis anchas intentando reconocer a los recién llegados.

No me quejo. De alguna forma sé que merezco este destino de espera. Hasta creo estar más cerca de soltar por fin las amarras. Alguien con benevolencia me estimula y, cada vez con más frecuencia, puedo ver nuevos paisajes del Paraíso mientras  limpio el ventanal.

 

Carlos Caro

Paraná, 25 de Septiembre de 2013

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Haga clic aquí

Haga clic aqui liibookEste cartel junto a mi puerta es un testamento, un acto de desesperación. Es poner el mensaje en la botella y tirarla lo más lejos que permita nuestro brazo. Quiero, necesito conectarme con alguien. No ¡Más! Quiero verlo, olerlo, tocarlo. Quiero abrazar y que me abracen con amor o con amistad o, aunque sea, con alegría.

Quiero sopapear una espalda querida. Besar con  estruendo ese cachete fraterno o quizás, recibir esa pícara caricia. No se más cuál es mi mundo, ni qué o quiénes lo ocupan.

Puedo llegar a cualquier parte del planeta, más allá también. Tengo a mi alcance el conocimiento acumulado de cientos de generaciones y los buscadores necesarios como para aprovecharlo.

Estoy en línea junto otros miles de millones. Totalmente anónimo, no por falta de nombre, sino por la inmensidad de ese océano electrónico que nos contiene.

Me entero al instante de lo que sucede en mi ciudad o en cualquier ciudad de cualquier parte. El flujo de palabras, imágenes, sonidos y texto es escandaloso, se derrocha, fluye vertiginoso, inabarcable.

Supongo que el hombre es lo que es porque supo asociarse, de diferentes maneras, con miles de reglas distintas, con idiomas distintos. Tan diversas, fueron y son esas sociedades como peces hay en el mar. La red, no es más que otra expresión de ese gen asociativo. Sin embargo, siento que mi cerebro ha evolucionado solo hasta el nivel de tribu. Una ciudad mediana ya es mucho. Puedo reconocer y relacionar únicamente algunos cientos de personas. Fuera de esa pequeña esfera de mi cosmos social existen esos miles de millones que son “el otro”, esa inmensidad humana de extraños que por suerte o por naturaleza ignoro despreocupado.

Transito por la vida como seguido por un círculo de luz. A medida que avanzo, nuevos personajes son iluminados y a su vez otros se escabullen hacia la sombra del olvido. Al principio pareció llenarse pero, poco a poco, solo me va quedando el círculo ya casi vacío.

Con este cerebro primitivo me sumerjo prepotente en la red. Sigo participando siempre, con celulares y “la nube”. Sin darme cuenta, la poca gente que sí conozco, va siendo reemplazada por fotos, por avatares, por direcciones, por favoritos, por contactos. Ya ni siquiera necesito trasladarme; me pagan por la red, yo pago por ella. También compro y vendo. Toda mi esfera social de antes estaba referida a un huso horario. Con la red puedo cambiar completa esa esfera variando seis, ocho o diez horas mi horario. Sin haberme movido ni un paso, estaría “viviendo” en otra sociedad. Por supuesto hablo, veo y escribo con esos personajes electrónicos que alguna vez fueron parientes, amigos y conocidos. Pero ya dudo de sus identidades ¿Y yo? Puedo ser perfectamente un programa que, gracias a la red, ha tomado consciencia de sí mismo. O… puedo ser el cerebro conectado de alguien en coma tres y que no lo sabe.

Quizás sea mi memoria, pero no logro recordar cuándo estuve realmente con otra persona. Quiero vivir con gente, por eso este mensaje. Para cualquiera. Si ven el cartel con mi pedido por la calle, sepan que soy yo, los estoy esperando ansioso.

Gracias.

Perdón… cambié el cartel, en cuanto recarguen la página lo verán.

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TOQUE EL TIMBRE.

Carlos Caro

Paraná, 28 de agosto de 2013

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Serán centena

Aniversario 23 liibookDe improviso me sé despierto en la oscuridad. Las frías sábanas de tu lado me recuerdan tu diario partir. Mis anhelos me hacen sentir como cierto tu beso de despedida en mi mejilla. Aparto las cortinas y sólo encuentro un día mediocre. El sol ilumina desganado entre nubes grises, pero tan tenues que tampoco traerán la necesaria lluvia. Los pájaros lo advierten y pasan mustios y silentes, resiento la falta de sus cantos. Me sacudo este ánimo decadente como si fuera el agua del pelaje de un perro y con una sonrisa de revancha resuena en mi cabeza ¡Hoy es el día! Lo declaro contento pues conociéndote, que solo lo recuerde ya te hará feliz.

Debo acicalarme; al rato ya lucho bajo la ducha con ese nuevo jabón. Me has dicho que reverdecerá nuestra piel algo marchita. Cuando se me escurre y cae la primera vez, lo recojo con simpatía y hasta un flash de mi memoria lo transforma en el patito amarillo de mi niñez. Sin embargo, al agacharme por tercera o cuarta vez, un sutil temor me invade al patinar sobre la loza. Decido no ser egoísta y dejarlo todo para vos, me conformo satisfecho con esa lámina restante de nuestro jabón de costumbre.

Al fin, ya afeitado y peinado, me veo magnífico en el espejo hasta que me coloco los lentes. En realidad es un misterio porque mi imaginación coloca invariable a ese extraño frente a mí, insiste en incrustarlo en la plata dos o tres veces por día. Pareciera que esa parte de mi cerebro es ajena a mi alma, que no comprende ni advierte que soy perpetuamente el mismo. Luego de desayunar prendo la compu, mi maldita ansiedad comienza carcomerme y no presto atención, recomienzo mil veces. El timbre no suena y las horas pasan… ¡Ahí esta! Ya estoy abriendo la puerta, ni sé cómo llegué hasta allí. Por Dios, son tres de sus representantes. De una de esas nuevas iglesias que ni el nombre  completo retengo. Cada vez que nace otra, su denominación varía y crece para evitar confusiones. Le agradezco al Creador me evite por su intermedio el tormento de la espera y los sorprendo prestándoles gentil mi atención.

Atosigado de folletines y revistas, logro con disculpas mentirosas volver a cerrar la puerta. No he terminado aún de echar todo al cesto cuando mi buena obra recibe su premio. El timbre suena de nuevo, corro deseoso como cuando buscaba mis regalos el día siguiente a los Reyes Magos. Ahora sí, al fin el envoltorio esperado. Lo coloco contento en un lugar apropiado y ya solo te espero. Me he hecho el tonto estos días para que pensaras que, como siempre, lo había olvidado. O, recapacito, soy felizmente tonto y no he podido engañarte ni siquiera un instante. De cualquier manera, tus ojos se agrandaran igual por la sorpresa y tu sonrisa será una nueva alianza, tantas ya.

Te oigo abrir la puerta y desenvuelvo agitado el ramo de flores blancas. Apúrate mi amor, estoy tan nervioso como entonces. Mi padrino se ríe en mi memoria y me arregla el nudo de la corbata. Las flores que sostengo serán el marco de nuestro beso como si fuera aquél, el primero de casados hace ya…ayer.

 

Carlos Caro

Paraná 05 de setiembre de 2013

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¿A donde te vas?

Adonde te vas megusta

A medio vestir, extrañado, noto tu falta. Preocupado por los quehaceres del día que me esperan, desecho la sensación. Sin embargo, la duda roe mi voluntad. Quiero comprobarlo y salgo al jardín todavía gris y brumoso. Habitado por plantas de cenizas y flores prietas.

Veo esperanzado la silueta de las colinas delineada por la brecha del alba. Reverente, espero infinito que mi alma renazca junto al sol.  Majestuoso crece lento, barre los últimos vestigios de la noche. Minucioso descubre los colores, aún los más escondidos.  Mis ojos ya se queman por su fulgor y con lágrimas, resignados, finalmente parpadean.

Miro a mi alrededor como en un banquete, me regalo las flores más bellas, las de colores más lozanos, las nuevas que, asombrado, no sé de dónde han salido. El aire se puebla de alas veloces. Eso rompe mi abstracción y mis oídos vuelven a ser libres de nuevo. Oigo mi risa que juega entre el millar de cantos, chirridos y piares febriles.

El empuje de la vida me inunda y todo recomienza. El rumor de la ciudad me alcanza y como si fuera un enchufe me conecta a la humanidad. Mis sentidos estallan de sensaciones pero sigo sin encontrarte, mi presentimiento se vuelve certeza y el temor nace como una semilla maligna. La luz se opaca y los sonidos se alejan.

Esto es una tontería, me digo enojado y decido hacer una caminata para recuperar mi ánimo. Parto hacia la plaza y ya empiezan los contratiempos: doña Filomena está lavando la vereda. —Buen día, doña— le advierto en vano— ¡Buen día, doña Filomena! — le grito aburrido. Por suerte deja la escoba y haciendo a un lado la manguera me da paso sonriendo con ese viejo afecto vecinal. Me arrepiento de mi mal humor y le  devuelvo la sonrisa culpable pero la pobre cada día está más sorda y ya me enchastró dos pantalones este mes.

Me aparto de la avenida ruidosa y embobado, transito de un lapacho a otro. No les queda una sola hoja, se han vestido con miles de flores rosadas. Nunca se ponen de acuerdo, cada uno florece a su tiempo. Son todos distintos, en su forma, en la cantidad de flores, en el tono de su rosa. Para completar el deleite, las aceras se ahogan bajo su aluvión. Pese al afán de limpieza, durante estas pocas semanas el hombre bajará su testuz y algunos locos desprolijos. Podremos sin disimulo caminar sobre la flores pensando ilusos que nos dirigimos al cielo.

Llego a la plaza y ni rastros de vos. Desespero, ya me duele tu ausencia y empiezo a rememorar qué mal he hecho que haya provocado tu abandono.

A esta hora de pleno trajín, la plaza luce desierta. Es una joya de vida engarzada entre las calles estériles. Las flores son sus mil facetas que reflejan el arco iris. Mi vista se vuelve frenética por no encontrar más ojos que contemplen esta maravilla. Ya no sé de qué otra forma mirarla para incrustarla por siempre en mi mente.

Elijo un banco interno, de espaldas al asfalto, con una media sombra tenue que filtre apenas este sol tan lindo. Me siento tibio en esta primavera que se adelantó, me acaricia perfumada una brisa reencontrada. Es mi preferida, no hay otra tan fragante cómo esta.

Sin vos, todas mis vivencias y anhelos quedarán casi inútiles dentro de mí. Habrás amputado mi voz, limitado mi alma y achicado mi trascender. Agobiado, la mente se me dispersa perdida en el mundo, mientras mis ojos juegan a las escondidas con la luz entre las hojas de los árboles.

Sí, ya te sentí. Con alivio, mi felicidad te abarca completa. Como un amante temo perderte, sin comprender que sos veleidosa, vas y venís; te escondés.

Ansioso sufría mientras sólo dormías.

 

Carlos Caro

Paraná, 19 de septiembre de 2013

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Mensaje para fede

mensaje para fede Un pequeño desacuerdo terminó siendo un intercambio singular. Barajábamos argumentos con la mente fría y el corazón ardiendo. Me dirigía sus jóvenes ideas como estiletes. Curtido por la experiencia de años, simplemente las eludía y le devolvía estratégicos  almohadazos. Esto lo frustraba pero ya había aprendido que los gritos son el refugio de la falta de ideas. Meditaba unos momentos y arremetía desde otro ángulo. Por fin me harté de discutir; le dije que era imposible que nos pusiéramos de acuerdo.

Me miró con sorpresa y pinchándome socarrón me preguntó si se me trababa la lengua o se me había pinchado una neurona.

Me senté exhausto en el sillón y con una sonrisa amarga intenté explicarle que veíamos el mundo de manera totalmente diferente. Ahondando su sorpresa le repetí, como otras veces, que yo podría acercarme a entenderlo, pues ya había transitado casi una vida. En cambio él, que apenas empezaba, sólo podía imaginar mis percepciones.

Señalando hacia abajo le pregunté: — ¿Qué ves acá?

—Nada

— ¡Aja! ¿Estas flotando en el aire?

—Ah, el piso.

— ¿Y que más? Describímelo.

—Eeeh, bueno…, es de madera oscura.

—Lo que vos llamas madera oscura y que yo admiro como una artesanía, es parquet, del francés, porque se empezó a usar en Versalles. Está hecho con roble de Eslavonia, una región de Croacia. Es una madera tan valiosa y usada que suponen la especie se extinguirá en poco tiempo más. Más allá de su valor, no sólo lo veo con mis ojos sino también a través de mi memoria, es como un índice de momentos ¿Ves esos pequeños huecos, como medialunas minúsculas? Son las marcas que dejaron unos hermosos zapatos negros de tu madre, de altos tacos aguja. Todavía la veo, elegante y provocativa, casi casi, mirándola hacia arriba. Acá, esta raya negra, que aún me duele, es en realidad la quemadura de un cigarrillo consumido, caído descuidado, cuando insistía en fumar. Allá, esa mancha más clara que apenas se nota, con forma de charquito, son tus orines de nene. Es el sello de nuestra distracción mientras intentábamos ir quitándote los pañales. Mirá por la ventana ¿Qué ves?

—Los edificios de alrededor.

— ¡Vamos, hace un esfuerzo! ¿No notas el hueco?

— ¡Ah, sí! Se ve el río.

Cansado, le machaco: —No sólo se ve el río, están los árboles, las barrancas, la isla y más allá, la inmensidad del Paraná. Es una llanura de agua y verdes que se pierde en el horizonte. Entrecerrando mis ojos, vuelvo a ver como antaño. Los edificios desaparecen y me encuentro rodeado por las colinas furiosamente verdes y marrones que se perfilan suaves contra el celeste soleado de un día de primavera. Vos ves la vida como un delicioso pastel al cual le has dado pocos mordiscos y te apurás, ansioso y con anteojeras en pos del resto. Yo ya lo he engullido casi todo. Aunque algunos bocados han sido muy amargos lo poco que me queda lo escatimo. Lo voy paladeando migaja a migaja. No porque sólo piense que se termina sino que mi memoria vuelve a degustar cada parte con la debida atención, muy lentamente, sintiendo todo lo que pasé por alto, atolondrado, en su momento; mientras corría tras ilusiones vanas, ciego a lo importante y trascendente.

Un leve golpe en la cara me despierta, en la penumbra del dormitorio me doy cuenta que me quedé dormido apoyado al lado de la panza de Camila. Fede debió ponerse celoso y me pegó una patada. Debe estar grande, sólo faltan dos meses para su alumbramiento. Recuerdo que anoche le empecé a hablar para acostumbrarlo a mi voz. Hice un largo diálogo sinsentido en contrapunto con Camila. Ya sin luz el murmullo nos fue durmiendo.

Tuve un sueño muy extraño en el que siendo ambos ya mayores, yo le explicaba que en la vida hay cosas que no deben pasar desapercibidas. No sé si mi mente o su cercanía me han mostrado esta certeza, esta bella y humana forma de vivir.

Debo escribirlo rápido antes de olvidarlo. Cuando suceda esa discusión, dentro de muchos años, le entregaré contento estas palabras en un sobre amarillento. Agarro el anotador y la birome, me encierro en el baño y enciendo la luz.

Querido Federico…Lo pienso mejor y tachando sigo:

Esperado Federico:

Hoy…

Carlos Caro

Paraná, 11 de julio de 2013

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Incendio

Incendio liibookQuizás fue una colilla arrojada desaprensivamente desde la carretera cercana, un viento inoportuno debe haberla llevado lejos hasta la hojarasca del bosque.

Un portento se aproximaba pero nadie se dio cuenta, los pájaros volaban, los árboles susurraban y el sol entibiaba somnoliento. Alguna brisa curiosa despertó el rescoldo y una fina columna gris lo señaló. Vez tras vez el viento arremolinado la dispersó, pero en su devenir nació la llama.

Pequeña fue paciente, se extendió callada juntando fuerzas. De repente se inflamó llena de energía y comenzó a devorar todo su entorno con un crepitar premonitorio. Cuando lamió el primer pino evaporando su corteza de gases inflamables ya fue ineludible. En instantes, el pino completo ardía y su calor producía más gases que a su vez alimentaban al fuego.

Allí nació el incendio. Era una fuerza de la naturaleza, desatado se hacía cada vez más brillante, más caliente, más alto. Egoísta y goloso ni una brizna podía quedar afuera. Se propagaba subterráneo a través de hasta las más profundas raíces, carbonizándolas sin llama.

Se solazaba en sí mismo y como si tomara conciencia se veía sin límites. El tiempo era su esclavo y campeaba en el mundo. Cuando encontró la roca quiso devorarla pero esta era inmutable. En vano trató de rodearla, se agigantó y calcinó hasta la cúspide. La piedra, solo mineral, lo ignoró.

Con desdén siguió adelante, escondiendo la duda que había despertado. El primer río lo sorprendió, rugió a su vera enojado, pero el agua se resistía, burbujeaba en las orillas y corriendo se reía de él. Por un momento se aquietó, pareció reflexionar, las llamas se empequeñecieron igual que su orgullo y entonces humilde, reconociéndolo como creador  le pidió ayuda al viento.

Éste dudó, contempló primero su obra y pasó sobre sus cenizas. Quizás quiso darle otra lección y empezó a soplar ¡Y cómo! Le pareció un huracán. Lo avivó enseguida, las llamas volvieron a crecer y retomó fuerzas  y calor. Ya discípulo, se volvió chispas, se sentía como cañonazos que las dispersaban. Fueron tantas que algunas, gracias al viento, pudieron atravesar el río.

Al fin en la otra orilla se desperezó, renovado y vencedor volvió a arder en toda su plenitud. Nuevamente se sintió infinito pero ahora sabía que había obstáculos y que podían atravesarse. Sin embargo, mientras asolaba sin tregua, atronador, se preguntó: ¿habría algún obstáculo insalvable?

Nos cruzamos la primera vez caminando en sentido contrario y solo nos miramos como se miran inalcanzables las estrellas del cielo. Semana tras semana nos seguíamos encontrando sorprendidos en diferentes lugares. Ya sonreíamos pues la casualidad nos asombraba y sentimos que algo nos unía y que estábamos marcados.

No sé cuándo ni cómo me sentí esperando ansioso el próximo encuentro. Cuando se dio, ella brillaba, desde lejos, distinguía su sonrisa y sus ojos me inspiraban infundiéndome valor. Ni recuerdo qué nos dijimos o adonde me dirigía, pero desde entonces caminamos juntos. Como tontos nos reíamos de cualquier cosa y poco a poco el mundo se fue haciendo trasparente, solo nosotros teníamos substancia.

El primer beso encendió mi corazón y mis piernas temblaron. Ese tierno cariño, con el tiempo y un viento propicio se hizo hoguera. Ya éramos inseparables y, cuando nos reconocimos pareja, dos partes de uno; nos incendiamos, nos consumimos. Devoramos el mundo, insaciables.

Ya hemos dejado atrás más de media vida, tropezado más de dos veces con muchas piedras, juntos cruzamos mil ríos y sin embargo nada nos pesa.

Oigo tus pasos a mis espaldas y mis ojos ciegos de pensamientos, vuelven a ver el jardín. Giro, el roce de tus manos me hace hoguera y tu beso como siempre nos torna incendio. Hoy comprendo al fin, lleno de dicha, que ni la muerte podrá con él.

 

Carlos Caro

06 de agosto de 2013

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Días de escuela

Diciembre del 63Estoy hecho un viejo de morondanga. Me recrimino, mientras se escurre esa lágrima furtiva. La seco disimulado y a  escondidas, no vaya a ser que mi compañera la advierta y menoscabe mi virilidad.

¡Ma, sí! Exclamo en mi mente ¿A esta altura y con el mar de años que hemos atravesado, debo seguir representando un papel? Me abandono al sentimiento, reencuentro a mi infancia, comulgo con las palabras y la potencia del Aria que percibo a través de la vista y el oído, me hace estallar el alma. Veo a ese tenor, de registro perfecto, esforzar su rostro para mantener pura la nota.  Oigo reverente las antiguas y eternas palabras. Por fin me inunda el orgullo y exaltado me hace igual que entonces: patria. Quedo extenuado, mi atención se dispersa y me reencuentro en la habitación. Ya me encamino hacia el sueño, preocupado. Dije que no iba a ir a la reunión de sexto grado. Sé que es la decisión correcta pero me duele, quisiera compartir esto ¡Y, bue! Mañana veremos…

— ¡Dale Carlos, despertate! — me sobresalta mamá mientras me sacude con cariño.

—Tomá la leche— me ordena astuta, no tengo más remedio que incorporarme para agarrar la taza. Mientras, abre las cortinas y prende la luz del techo pues todavía esta oscuro. Adormilado, un instante después me encuentro atónito llamando al ascensor.

Ufa, está allá abajo y viene re lerdo, me dan ganas de bajar rápido saltando por la escalera ¡No! Exclama una alarma en mi cerebro. —Si el ascensor anda, usted lo usa y no molesta a los vecinos con sus saltos ¿Entendió? — recuerdo amedrentado mientras espero y espero. Estoy muy cerca, entre el palacio Bergoglio y la entrada sobre Andrés Pazos de La Normal, es prácticamente una cuadra.

La recorro como un zombi, confluyendo con otros. Bajo esa luz todavía gris, lo único que me mantiene en marcha son las diferentes temperaturas de mi cuerpo. Por arriba y hasta media oreja el Ártico hace llorar mis ojos con su aliento frío. Debajo, bufanda y tres pulóveres mantienen ardiendo mi pecho sofocado. De los pantalones cortos para abajo, el Antártico me ha secuestrado las piernas. Ni con doble par de medias consigo sentir mis pies.

A medida que vamos llegando, poco a poco tomamos nuestro lugar en las filas. Casi todos me cargan por petiso, hasta yo mismo comparto esas cargadas; no sé cómo, pero de algún modo transmiten cariño. Nadie sospecha mi secreto orgullo. Hasta viviría encorvado para esos momentos: estar primero en la fila al entrar al aula y estar aquí, en las mañanas, adelante. Con todos los grados formados en cuadro. En este silencio cargado de expectación, que finalmente explota en mil voces.

            “Alta en el cielo un águila guerrera,

             audaz se eleva a vuelo triunfal;”

y voy alzando la vista

            “azul un ala del color del cielo,”

es maravilloso, ya es celeste.

           “azul un ala del color del mar.

            Así en la aurora irradial,”

sí, se ve el sol iluminando los techos,

           “punta de flecha el áureo rostro imita,

            y forma estela al purpurado cuello.”

Sigo imaginando equivocado una flecha ardiente.

           “El ala es paño, el águila es bandera.”

Mi vista la reencuentra, ya flamea y su tela me convence paño.

           “Es la bandera de la patria mía,

            del sol nacida que me ha dado Dios.”

Repitiéndolo dos veces más para dejar huella.

Me uno vibrante a ese todo que somos patria y reconozco el regalo infinito.

La emoción aún dura un instante, mientras nos perdemos en los lentos pliegues que le forma el viento.

Ya pasó. Aunque en orden, vuelve el sonido del mundo y empezamos a recorrer otro día.

Carlos Caro

Paraná, 05 de octubre de 2013

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